Escrito por Andreia Fanzeres
Lunes 26 de Abril de 2010 17:06
En un barrio pobre de la periferia de Sinop, uno de los polos madereros más promisorios del arco del desmonte en la Amazonia brasileña, en el estado del Mato Grosso
1, conocí a doña Maria da Luz. Ella había abandonado su ciudad natal en el sur del país (a más de 3 mil kilómetros de allí) con su familia, cuando durante el régimen militar le fue ofrecida tierra barata para ocupación y colonización del bosque amazónico. Conforme hablábamos brevemente, Maria reclamaba de la violencia de aquellos días, provocada por el desempleo generalizado en muchas empresas madereras que habían acabado de cerrar por la acción del Instituto Brasileño de los Recursos Naturales Renovables (Ibama) debido a sus prácticas ilegales.
Ella recordó la existencia de apenas “monte” alrededor de la ciudad cuando ella llegó allí muchos años atrás, y que desde aquel tiempo muchas cosas habían cambiado. Ella no sabía el por qué, pero habló de fuertes tempestades y días de ventarrones como ella jamás había presenciado antes. Cuando le pregunté si a ella le gustaba vivir en la Amazonia, ella respondió:
- Yo no sé. Yo sólo veo [la Amazonia] por la televisión.
- ¿Usted creería si yo le dijera que está en la Amazonia?
- Todo es posible, ella dice, con una sonrisa desconfiada.
Este corto diálogo cambio mi vida. Era mi primer viaje por las áreas desmontadas de la Amazonia y a partir de aquel día en agosto del 2005 yo percibí que existía realmente un abismo entre lo que se dice en periódicos y en pronunciamientos políticos respecto al medio ambiente y los reales niveles de conocimiento sobre este asunto por parte de quien en la realidad tiene el poder de alterar lo que resta de bosque en nombre de la sobrevivencia en las fronteras amazónicas.
Esa experiencia ayudó en mi decisión de cambiar de Rio de Janeiro para otra pequeña ciudad, Juína, aún más al norte del estado de Mato Grosso donde reuní materiales para esta investigación.
Juína está localizada en el área con las mayores porciones de bosque remaneciente en el arco del desmonte en Mato Grosso, pero al mismo tiempo figura en la lista del gobierno federal entre los 36 municipios que más destruyen la Amazonia. Ella también es notable por representar muy bien como algunas ciudades en aquella área han reaccionado contra organizaciones y personas que apoyan campañas a favor de poblaciones indígenas y del medio ambiente en los últimos años, sean o no extranjeros.
Investigación informal con habitantes de Juína
En el intento de verificar el conocimiento público sobre las causas, las consecuencias, los deberes de cada uno y las alternativas sobre el desmonte en la Amazonia, invité a algunos habitantes de Juína, inclusive aquellos que trabajan con medios de comunicación, para participar de una investigación informal a través de un cuestionario, que podría ser respondido por escrito u oralmente. Esas entrevistas acontecieron en marzo del 2009 en el centro de la ciudad y no siguió ninguna metodología formal. Su aprovechamiento es apenas ilustrativo.
Pocas personas se interesaron por la investigación, menos aún después que percibieron que se trataba de temas ambientales. Treinta respuestas fueron recogidas de los 50 cuestionarios distribuidos. Todas afirmaban que la prensa local ocasionalmente o nunca publicaba noticias sobre cambios climáticos, reducción del desmonte, emisión de gases contaminantes, prácticas sostenibles y biodiversidad. Cerca de la mitad de los entrevistados dice conocer apenas uno o ninguno de esos términos. La otra mitad dijo que estaba familiarizada con tales expresiones, sea debido a menciones en la prensa nacional o en la escuela. Quedó claro que la mayoría de las personas prefería recibir informaciones a partir de radios y televisiones locales, producidas en la ciudad.
Una de las preguntas pretendió mostrar como las noticias negativas, como las tasas de desmontes en Juína afectaban el estilo de vida de las personas, y si ellas creían que algo debería cambiar. “No me importa eso porque nosotros no somos los únicos” dice un técnico en computación que estudió hasta secundaria. “Ellos no pueden decir que nosotros estamos destruyendo los bosques porque no lo hacemos más” aseguró un agricultor de 53 años que se mudó de Rio Grande do Sul para el noroeste de Mato Grosso hacen 24 años. “Lo que realmente debería cambiar son las mentes de aquellos que no saben cómo es nuestra vida, y aún así critican a nuestra ciudad” consideró un locutor de radio.
Todas las otras respuestas demostraron alguna preocupación sobre el cumplimiento de la legislación ambiental, así como la falta de condiciones para frenar el desmonte. “Sí, nos gustaría que los grandes propietarios replantaran los árboles que ellos derrumbaron”, opinó otro joven locutor.
Expulsión de activistas, situación crítica
En agosto del 2007, políticos locales y grandes propietarios de tierra orquestaron la expulsión de activistas de Greenpeace, periodistas franceses e indigenistas de Juína. Los visitantes pretendían publicar la situación del desmonte en los alrededores de la Tierra Indígena Enwene Nawe, un área en conflicto con ganaderos. Pero ellos fueron gravemente intimidados y amenazados, y obligados a dejar el local. El registro detallado y perturbador de esos días
está publicado en Youtube.
Durante la entrevista, cuando preguntadas sobre la expulsión de los activistas de la ciudad, algunas personas prefirieron no responder. “No respondí porque no sé lo que usted quiere decir”, dice uno de los empleados del hotel en que los visitantes se hospedaron en el 2007. “Ellos destruyeron la tierra de ellos y ahora ellos vienen aquí a perturbarnos”, dijo un agricultor de 65 años. “Ellos debieron haberse preocupado antes. Ahora ellos quieren arruinar nuestra vida” continuó el viejo señor. “Ellos querían dominar la tierra indígena. Fue muy justo que ellos hayan sido expulsados” consideró otro migrante del sur y habitante de Juína desde la fundación de la ciudad, en 1982. Otras respuestas comunes fueron: “Nosotros no podemos dejarlos dominar. Fue bueno que ellos hayan sido expulsados porque son extranjeros. Ellos querían que la región de río Preto perteneciera a los indios, pero los indios se cambiaron a la ciudad”, “Ellos vinieron aquí escondiéndose. La ONG de ellos es financiada por dinero de otras personas. Si todo ese dinero fuese entregado a nosotros, podríamos intentar reforestar”, “Ellos no saben nada y vienen aquí para acabar con nuestra reputación”. A propósito, río Preto es un área vecina a la Tierra Indígena Enawene, donde algunos de los hacendados más poderosos del noroeste de Mato Grosso tienen sus propiedades. Los indios han luchado por la ampliación del territorio de 742 mil hectáreas para aquella área, alegando que la tierra tiene un significado histórico y sagrado para ellos. Los hacendados, al contrario, se apuran para destruir los bosques aún existentes, y son frecuentemente encontrados in fraganti cometiendo crímenes ambientales.
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Hasta entre aquellos que respondieron que la expulsión era condenable, la mayoría hizo advertencias como “ellos debieron venir más preparados junto a Funai – Fundación Nacional del Indio – o alguien que los protegiera”. Otros dijeron no estar de acuerdo con “la manera como las organizaciones no gubernamentales actúan” o que “Brasil tiene que resolver sus problemas sobre desmonte solito”. En la prensa local, la cobertura del episodio no salvó a los visitantes. “La radio intentó mostrar que Greenpeace vino para hablar una cosa con la cual la población no estaba de acuerdo. Ellos vinieron para mandar en nosotros, para decir que el área del río Preto pertenece a los indios, y la población reaccionó contra ellos”, dijo un locutor que cubrió la expulsión pero nunca entrevistó a ningún miembro del grupo activista.
Ese tipo de comentario nos da una idea grosera del actual nivel de información y aceptación local de temas ambientales. De un punto de vista periodístico, en vez de considerar ese público como parte del grupo de los malos del desmonte, se hace necesaria una mirada diferente y más profunda. En primer lugar, se trata de ciudadanos brasileños, y no importa qué rol hayan tenido en la cuestión del desmonte, ellos merecen atención y condiciones igualitarias de acceso a informaciones bien fundamentadas sobre implicaciones ambientales de sus actos en la Amazonia.
No es fácil alcanzar este público en función de la precariedad del acceso por carreteras y de los servicios muy limitados de transporte aéreo, sin hablar de otros obstáculos como influencia política, acceso a la electricidad, saneamiento, salud, educación y los propios medios de comunicación. Aun en ciudades donde todos esos servicios están disponibles, vale la pena ver la manera en que las personas consiguen utilizarlos, ya que la calidad de vida en el arco del desmonte es generalmente muy baja.
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Uno de los principales aspectos de ese desafío de la comunicación en la Amazonia es el hecho de que las noticias frecuentemente son hechas para los tomadores de decisión y para una categoría llamada “público en general”, que, con rarísimas excepciones, jamás conseguirá incluir debidamente los habitantes de las áreas más desmontadas de la Amazonia, que son mucho más de que un puñado de personas que viven en el bosque, como frecuentemente una mirada extranjera puede suponer. Más de 24 millones de personas viven en la región conocida como Amazonia Legal, entre comunidades tradicionales, grandes ganaderos, migrantes que llegaron del Sur al Norte de Brasil para trabajar en garimpos, agricultura o en los centros urbanos amazónicos, como por ejemplo Porto Velho, que tiene cerca de 300 mil habitantes.
Amazonia Legal es un concepto aplicado al Brasil que abarca estados parcial o totalmente pertenecientes al bioma amazónico. Las leyes ambientales que rigen para esas áreas son generalmente más restrictivas, pero en función a presiones recientes de ganaderos, madereros y políticos, parlamentarios brasileños han aprobado medidas que disminuyen la protección ambiental de esas áreas. Esa actitud contradice el discurso oficial brasileño, que se opone al desmonte.
Es muy claro que alguna intervención debe ser hecha frente de ese escenario, sea a través de acciones gubernamentales y/o nuevas estrategias de comunicación. De acuerdo con el periodista veterano Amazonia, Lucio Flávio Pinto, que hace más de 40 años informa a la Amazonia desde Belém do Pará, cualquier estrategia que siga el modelo del “colonizador-colonizado” tiende a no funcionar. “Cuando usted mira a la Amazonia desde fuera hacia adentro, existe imposición y no aprendizaje”, comenta él.
En pleno año 2009, cuando la TV, radio y teléfono ya estaban disponibles a la mayoría de las casas, se nota que la cuestión no es apenas la falta de información, pero de compromiso, acciones locales, menos críticas sobre a quién se debe culpar y más actitudes para frenar la degradación de la naturaleza. En cuanto se discute a quien eso interesa, el bosque no espera.
Este artículo fue originalmente publicado en inglés en
la revista anual de Wolfson College, de la Universidad de Cambridge.
Recuerde historias sobre la región publicadas en O Eco (solo en portugués):
Tierra sin ley
Bosque seco
Quién es quién
Devastación sin dueño
Indios vs. Hidroeléctricas
Indios contra hidroeléctricas
Desmonte Viejo, multa nueva
1 - Mato Grosso es el tercer mayor estado brasileño, con más de 900 mil km2, casi cuatro veces el tamaño del Reino Unido. Cerca de la mitad del estado fue un día cubierto por el bosque amazónico, pero debido al reciente proceso de colonización, Mato Grosso es uno de los líderes en los rankings de incendios forestales y desmontes en la Amazonia.