La carretera entre Macapá y Oiapoque, en el estado de Amapá, Amazonia brasileña, está contemplada en uno de los corredores de desarrollo integrado de Sudamérica. Se planea asfaltarla hasta la frontera y conectarla con Guayana Francesa a través de un puente sobre el Oiapoque. Mientras esto no sucede aún es necesario comer mucho polvo hasta el punto que ya fue conocido como extremo norte del Brasil. Oiapoque es una agitada villa minera. Tiene muchas tiendas, restaurantes, vida nocturna, algunas agencias bancarias y la sede del Parque Nacional del Cabo Orange. Allí dan trabajan cuatro funcionarios de otra tropa del mismo ejército de Brancaleone también integrado por Christoph Jaster, jefe del Parque Nacional de las Montañas del Tumucumaque, y su equipo.

El jefe del Parque Nacional del Cabo Orange, Ricardo Motta Pires, su sub-jefe Kelly Bonach y los técnicos Paulo Silvestro e Ivan Vasconcelos me recibieron con entusiasmo contagiante. Parecen pulpos cuyos muchos tentáculos son capaces de ejecutar diferentes tareas al mismo tiempo. Infelizmente, sin embargo, aún con millones de brazos y mucha buena voluntad, no hay cómo cuatro personas cuiden de 619 mil hectáreas. Es humanamente (y pulpamente) imposible.

Aun así ellos intentan. Gracias a sus esfuerzos, el parque mantiene exitosas actividades de fiscalización junto a la Policía Federal y con la Marina Francesa, está con un programa de cooperación en ecoturismo con agencias de viajes de Cayena, dispone de un bien entrenado y motivado equipo de brigadistas y tiene un bonito programa de reproducción de quelonios, además de cooperación con el Parque Natural Regional de Guayana Francesa para investigación de jaguares.

Sobre esta última actividad, tuve el privilegio de acompañar un técnico y un investigador francés a la parte de la unidad de conservación a lo largo de las orillas del río Cassiporé. Nuestra base fue la comunidad de Villa Velha. Para llegar hasta allá fue necesario andar tres horas en carro más tres horas en lancha a motor, en un viaje lleno por bellos paisajes, lo que me dejó embriagado de felicidad.

Al llegar a Villa Velha, sin embargo, comencé a vivir una pequeña pesadilla personal. Cuando estábamos sentados en nuestros escritorios confortables en el sudeste de Brasil es fácil hacer una lectura de los problemas ambientales que afectan la Amazonia. Más fácil aún es despejar críticas y cobrar soluciones. Pero allí, en el medio del Amapá, aislado en uno de los parques nacionales más bonitos de Brasil, el hueco es más abajo.

Villa Velha tiene cerca de 250 habitantes, cuya penuria monetaria es casi total. Poco dinero circula, pero no los llamaría miserables. Viven en otro tiempo histórico. Plantan, pastorean, pescan y cazan, ¡cazan mucho! Sólo la caza y la pesca permiten que tengan una dieta mínimamente decente y digna. Es su pan nuestro de cada día. Viven allí hace casi un siglo, siempre cazaron, forma parte de su cultura. El problema es que esa cultura ya no es sostenible.

Villa Velha no siempre tuvo 250 habitantes. Según el Estado brasileño iba llegando allí, la población aumentó. La salud fue pionera. Vacunas, prevención profiláctica, nociones básicas de higiene. La expectativa de vida respondió a la altura. Los viejos pasaron a vivir más y los niños a morir menos. Mientras tanto, el desarrollo tecnológico llego en forma de escopetas más potentes, mejores trampas, lanchas rápidas. El duelo cazador-presa quedó más desigual.

En Villa Velha se come de todo: Pájaros, lagartos, cobras, mamíferos, hasta jaguares. Visito la casa de Doña Raquel, nacida y criada allí. Doña Raquel me habla con naturalidad de la caza. Cuenta de las recetas, describe texturas y sabores. Estalla la lengua de placer cuando comenta el modo de preparar la paca (Cuniculus paca). “La gente come hasta monos, pero yo no, el bichito parece gente”. Se levanta y alegre, me muestra el mono-araña que compró como mascota por 40 reales, “una pequeña fortuna”. Iraelson, otro habitante, confirma que la caza aún es común en la región, pero “cuando el personal del Chico Mendes viene, nos moderamos”. Pregunto lo que comen. Él dice: “Todo, pero más rico es la paca, pecarí y el tropero. También aprecio la carne de venado”. “¿Pero dónde están estos bichos?”, le pregunto, mientras miro alrededor buscando pájaros u otra señal de vida. Iraelson se rasca la cabeza y explica: “Es que los animales están cada vez más lejos de la Villa. Aquí cerca ya no hay nada”.

No es muy cierto. Al caer la tarde vamos a visitar a don Bené. Él es el responsable local por el Proyecto Quelonios de la Amazonia. Bené muestra placer en lo que hace: “Cuando yo era pequeño aquí habían muchas tortugas. Daba para todo el mundo y sobraba. Hoy es que es esta desgracia. Si no fuese por el personal del parque ya habría acabado aquí también. Mire, del otro lado, donde el Proyecto no está, ya no hay ninguna tortuga”. El trabajo de Bené es simple. Patrulla las playas del río e identifica locales donde las tortugas pusieron huevos. Antes que algún colector venga a sacarlos para llevarlos a la olla, Bené mismo los retira de allí y los lleva a una incubadora artesanal en Villa Velha. Garantiza así la sobrevivencia de una nueva generación de tortuguitas. Me voy a dormir reconfortado con el trabajo del señor Bené.

En la mañana siguiente la dimensión de la excepcionalidad representada por él es reiterada por la vida real. Un poco antes de salir con el investigador francés Benoit de Thoisy y el funcionario del parque para chequear las cámaras colocadas para censar la población de jaguares en un perímetro de 100 km² en el interior del Cabo Orange, recibimos el anuncio de una tragedia anunciada: seis cámaras (al valor unitario de mil euros cada una) habían sido quebradas por vándalos. La explicación dada por Alberto Moraes, brigadista del Previfogo residente en la comunidad, fue simple: “Esto es de gente que fue flagrada cargando lo que cazó. Para que no queden registrados en las fotografías prefirieron destruir el equipo. Sólo no quebraron otras porque después que ellos aprendieron donde estaban, pasaron a desviarse”. Benoit quedo inconsolable. Me llamó a un lado y, un poco confundido, preguntó: “¿Pero no es prohibido cazar en Brasil”?

Felizmente no todo son malas noticias. Si el Estado brasileño anda medio lento en la implementación de las políticas de conservación, la educación comienza a llegar a los lugares más recónditos del territorio nacional. Los profesores vienen en pares de Macapá y se quedan en Villa Velha seis semanas seguidas. Duermen en un alojamiento de la Secretaría de Educación y dan toda la disciplina del semestre entero en aquel periodo. Cuando se marchan, son sustituidos por otro par de docentes que hacen lo mismo para sus respectivas materias. Y así sigue el rodizio hasta que el currículo escolar es completamente pasado a los alumnos.

Walmira Santos Pereira Neta, profesora de geografía, es aliada de los funcionarios del parque. En sus aulas enfatiza la importancia del Proyecto Quelonios y de la relación sostenible con la selva. Intenta desestimular la cacería. En el momento está en una cruzada para inculcar mayores nociones sanitarias entre los habitantes: “Mira el suelo de Villa. Es plástico por todo lado. Esta gente tiene que aprender a vivir de forma más limpia”. Walmira tiene razón. El suelo de Villa Velha es marcado por basura: bolsas de plásticos, botellas PET y otros productos no biodegradables desechados después del uso forman la decoración de sus calles.

Aprovecho un final de tarde y voy a visitar la escuela. Llego en el medio de una fiesta de día de los niños. Los profesores proyectaron un filme infantil que trajeron de Macapá. En el final, sirvieron torta, refrescos y distribuyeron regalos. Son juguetes y muñecas donados por dueños de tiendas de todo el estado. Los ojos de los chicos, criados lejos de la ciudad, de los shoppings y del consumo desenfrenado, brillan. Avanzan ansiosos sobre los juguetes. Rompen ávidos los envoltorios, destruyen los embalajes. Terminada la distribución, Walmira llama la atención de todos. Amenaza recoger los regalos y llevarlos de vuelta a Macapá. Mira de forma desaprobadora al suelo repleto de papel y basura. Simula enojo. Funciona, los chiquillos son veloces. En minutos el piso de la escuela está bien limpio. La basura está en el basurero. Walmira no termina ahí, ¡continúa la lección diciendo que cuando regrese para el próximo módulo sueña ver Villa Velha toda limpia así!

En lo que respecta a la cacería, sin embargo, la solución es más complicada. Si es retirada del plato nuestro de cada día, ¿cómo la Villa abastecerá 250 estómagos? El Instituto Chico Mendes de Conservación de la Biodiversidad (ICMBio) planea alternativas de empleo e ingreso sobretodo vueltas hacia actividades de turismo, pero la verdad es que, dadas la escasa infraestructura actual y la dificultad de acceso, se trata de sueño remoto.

Pero se vale soñar, el sueño de Ricardo Mota Pires también merece crédito. En la pared de su sala, Ricardo colgó un póster de un hidroavión que, con la ayuda de trucos gráficos de su computador, decoró con los colores del ICMBio. Es su ideal de fiscalización. Mientras no se materializa, lo que le sobra a este dedicado funcionario es un barco que vive fregado, tres ayudantes motivados y una sociedad aceitada con la Policía Federal. Es mucho, dadas las condiciones de trabajo que le fueron ofrecidas por el Estado brasileño. Es poco si llevamos en consideración las carencias del Parque Nacional del Cabo Orange.

¿Cuántos guardaparques son necesarios para asegurar la integridad de un área protegida? La Federación Internacional de Guardaparques (Internacional Ranger Federation) sostiene que la relación adecuada es de un guardaparque para cada bloque de diez mil hectáreas. A título de ilustración, datos publicados por la federación para algunos países centroamericanos de bosque denso similar a la Amazonia, muestran, excepto para el caso hondureño, proporciones próximas a la defendida: Guatemala: 1 para 7.363 ha; Panamá: 1 para 11.184 ha; Nicaragua: 1 para 12.526 ha y Honduras: 1 para 22.201 ha. En los Estados Unidos esta relación es de 1 para 8.200 ha. ¡En el Cabo Orange la relación es de 1 para 150 mil hectáreas!

Entonces, vale realmente soñar, al acostarme en mi hamaca para dormir bajo el calor tan fuerte de la noche villa velhana también cierro los ojos y dejo mi mente divagar. Veo el día en que el programa brasileño Canasta Familiar evoluciona a un programa de empleo de baja calificación para funcionarios de campo en las Unidades de Conservación Brasileñas. Sueño también un ideal más palpable, menos imposible. Una ilusión que incorpora soluciones creativas y poco ortodoxas, aunque articuladas con políticas de Estado. La actividad de funcionarios de campo (guardaparques) no carece de gran especialización. Su rutina es caracterizada por patrullas de fiscalización, monitoreo de fauna, atención a los visitantes y trabajo como manutención de senderos y remoción de especies exóticas. En este contexto, la necesidad de personal en las unidades de conservación en la frontera podría ser suplida con jóvenes en edad de prestar servicio militar.

La propia Estrategia Nacional de Defensa, publicada por el gobierno, deja abierta las puertas para la materialización de mis ilusiones. Su concretización garantizaría la densificación de la presencia institucional en las áreas protegidas brasileña, aseguraría recursos humanos en cantidad suficiente para el manejo de estas parcelas del territorio nacional y mejoraría las condiciones de fiscalización y monitoreo de regiones del país que hoy sufren de una gran ausencia. También atendería a los objetivos del sector militar cuya cartilla oficial dice que “complementariamente al Servicio Militar Obligatorio se instituirá el Servicio Civil, de amplias proporciones. En él podrán ser progresivamente aprovechados por los jóvenes brasileños que no fueren aprovechados en el Servicio Militar. En ese Servicio Civil, concebido como generalización de las aspiraciones del Proyecto Rondon – recibirán los incorporados de acuerdo con sus calificaciones y preferencias, formación para poder participar de un trabajo social… Recibirán también, los participantes del Servicio Civil, entrenamiento militar básico que les permita ser parte de la fuerza de reserva, movilizable en circunstancias de necesidad. Serán catalogados, de acuerdo a sus habilitaciones, para eventual movilización”.

Despierto un poco más optimista. Caminamos seis horas en medio de la selva densa, alternada por campos inundables y palmeras. Vamos a comprobar las once cámaras de Benoit que aún están intactas. En el camino, Iraelson pide más fiscalización al funcionario del parque que nos acompaña. Denuncia que embarcaciones pesqueras de Belém do Pará y Macapá han subido frecuentemente el Cassiporé haciendo pesca de arrastre: “El pescado está comenzado a faltar. ¡Ustedes tienen que ayudarnos!

Retiramos las películas de las cámaras, colocamos nuevas. Retornamos al río. Tengo el privilegio de presenciar la pororoca. No voy a perder el tiempo intentado describir lo que sólo quien estuvo allá será capaz de comprender. Puedo apenas decir que la bulla es ensordecedora, su pasaje inolvidable.

De vuelta a la Villa, Benoit verifica las películas. Revelan buenas noticias. Registraron antas, coatíes y… jaguares. A pesar que Villa Velha se constituye en un impacto a sus bordes, el Parque Nacional del Cabo Orange aún se muestra capaz de albergar especies de la parte superior de la cadena alimenticia.

Podemos conmemorar y dormir tranquilos. Mejor, sin embargo, que este sueño no sea suelto, ni en cuna espléndida, pues la inercia puede costar caro. Cabe al gobierno brasileño, en sus instancias más altas, celar para que las instituciones brasileñas con la misión constitucional de salvaguardar nuestra naturaleza sean dotadas de los medios humanos y materiales necesarios para cumplir la tarea que les fue atribuida. Es bueno recordar que quien duerme sueña – pero que sueños normalmente reflejan la realidad de nuestro día a día. Cuando esta realidad es mala y estresante, lo que era bueno y leve, luego se transforma en pesadilla.



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