En el Perú convocó la adhesión del presidente Ollanta Humala, de sus ministros, de artistas, de innumerables ciudadanos (de a pie o con lap top) y hasta de Sergio Markarián, el uruguayo que dirige a la selección nacional de fútbol. Tal vez eso le dio a la cruzada por la designación de la Amazonía como una de las “7 maravillas naturales del mundo” un aire de partido a ganar, que debía ser encarado con ardor amazónico y patriótico. La lista de ganadores fue anunciada el 11 de noviembre por la empresa New Open World Corporation. Todo como resultado de una masiva votación convocada por Internet.

Un primer asunto que llama la atención es justamente ese: que se vote por un lugar, que no se conoce o se conoce poco, haciendo un click. Según un estudio de la ONG colombiana Alianzas por la Sostenibilidad, 7 de cada 10 colombianos no conocen su Amazonía. En los otros países, la situación es análoga, como en el mío, Perú.

No es que no haya derecho a hacer esa, digamos, incursión informática en la Amazonía. Vista desde la lógica de promover el turismo y las inversiones, es plausible que un ciudadano apoye el ‘marketeo’ mundial de una de sus ‘riquezas naturales’. Pero no deja de ser desolador ese abismo entre lo real y lo virtual que, de alguna manera, aún alienta a mirar a la Amazonía como El Dorado prometedor.

¿Qué tanto puede funcionar eso si, en el terreno tropical, la cuenca sigue estando amenazada por carreteras, hidroeléctricas, concesiones mineras, deforestación y por una pobreza rampante que campea especialmente entre los indígenas? Los propios expertos en ‘marca país’, los peruanos al menos, coinciden en que ningún espacio natural, o turístico, puede ser puesto en valor si vive entre la inseguridad, el deterioro, la injusticia.


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Y en el caso de la Amazonía hay un asunto doble que es clave si algo se quiere hacer: no tumbar el bosque y no joderle la vida a los indígenas. Sin esas dos dimensiones no se cuidan, lo real maravilloso que pueda ser la Amazonía puede convertirse en algo real ruinoso, como, penosamente, ya está ocurriendo. La deforestación, por ejemplo, al 2005 alcanzaba los 857,666 kilómetros cuadrados.

Las causas principales de esa sangría son, dependiendo de cada país, la construcción de carreteras, la minería, la agricultura furtiva, la colonización espontánea (alrededor de una carretera, por ejemplo). Si el clic hecho para convertir en “maravillosa” a la Amazonía (¿alguna vez no lo fue?) desconoce mayormente esos dramas y alucina con la llegada masiva de turistas, puede situarse en la lógica del deterioro y no de la conservación.

Cuando se amplía la mirada al ecosistema humano los problemas son aún menos virtuales. Una regla en América Latina y en la Amazonía es que los indígenas son los pobres entre los pobres, y si se trata de mujeres es aún peor. Entre los colonos o pobladores ribereños la situación no es mejor y así tenemos que en Bolivia, por citar el caso más dramático, la tasa de mortalidad infantil es de 73 por cada 1,000 nacidos vivos.

En el Perú, país de 77 etnias (75 de ellas amazónicas), de los 332,000 pobladores indígenas, el 81% de ellos viven en la pobreza y el 41% en pobreza extrema. En Colombia, Ecuador, Venezuela o incluso Brasil hay situaciones parecidas, menos intensas, pero que de todas maneras revelan la poca calidad de vida. Que, por cierto, será poco visible si se piensa en la Amazonía como una tierra dispendiosa o espectacular.

La presencia de las empresas mineras o de hidrocarburos se siente en buena parte de la cuenca. También la impronta de las represas (que pretenden sacar energía para iluminar acaso otras “maravillas”). En Brasil, está Belo Monte, que ha puesto en guardia a los indígenas kayapó, asurini, arawepé y otras etnias; en el Perú, alrededor del 70% la Amazonía está lotizada para fines de exploración y explotación de hidrocarburos.

Incluso una propuesta como la conservación del Parque Nacional Yasuní, en Ecuador, que implicaría no explotar el petróleo que hay debajo a cambio de conseguir un fondo para preservar el bosque y ayudar a amenguar el cambio climático, enfrenta serias dificultades. Recientemente, se anunció que se había llegado a la cifra de 100 millones de dólares salvadores, tope que el presidente Correa había puesto para continuar con el proyecto.

Todo lo anterior no descalifica plenamente el que nuestra Amazonía haya alcanzado la categoría “maravillosa”. Sólo sugiere que hay que ponerla en su justa dimensión y no fomentar esa mera visión bucólica, casi colonial, que ve a la cuenca como El Dorado prometido, lleno de riquezas, y se olvida de lo delicado de los ecosistemas y de sus pobladores. E ignora que los gobiernos, y la gente misma, viven de espaldas a ellos.

La Amazonía, sin que nadie le otorgue el título, es maravillosa, dispendiosa. Es el ecosistema tropical más grande y acaso más hermoso del planeta. Su conservación no pasa sólo por hacer un clic y delirar con grandes inversiones turísticas, sobre todo si lo que avanzan son las excavadoras y taladoras. Para que esto sea real, se necesita desarrollo sostenible, y a la vez un mínimo de información, sensatez y sentimientos.


Ramiro Escobar es un periodista especializado en temas internacionales y ambientales. Actualmente es columnista del diario La República y colaborador, en el Perú, de las revistas Poder, Quehacer y la agencia Noticias Aliadas. En el extranjero, colabora el diario El País de España y el portal ((o) eco Amazonia de Brasil. Es profesor de Comunicación Política y Periodismo de Opinión en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC).



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