En noviembre de 2008 fui contactado por Conservación Internacional para participar de una expedición realizada al norte de Pará. El trabajo consiste en volar hacia Roraima, viajar hasta Caroebe, cerca a la frontera con Pará, en un minibús entre los huecos de la carretera; la duración del viaje será a expensas del humor de la naturaleza. A continuación seguir en un helicóptero por una hora hasta algún punto remoto cerca a la frontera de Pará con Guyana. Un espacio parcialmente abierto en una pendiente menos escarpada de la geografía montañosa de la región permitirá el acceso al campamento en el medio del bosque amazónico. Efectivamente, serán 3 días de viaje para pasar 4 días ahí dentro, “Dios sabe dónde”. ¿Locura? Tal vez, pero mis sentimientos dicen que valdrá la pena.

En enero de 2009, un llamado de la Secretaría de Medio Ambiente del Estado de Pará, y me voy a una nueva etapa de las siete expediciones ya programadas al norte de Pará. El esquema logístico no será diferente: vuelo hacia Belém, luego hacia Santarém; un “pequeño” cambio en la comodidad y sigo en un sobrevuelo de una hora y media en un monomotor cuyo destino es una pista de aterrizaje abierta en un campamento de la Minera Rio Tinto. Una hora más dentro de un helicóptero, sobrevolando bosque y más bosque, y un pequeño claro nos espera. A partir de aquí, el contacto con el mundo exterior será a penas por teléfono satelital, durante casi un mes.



La impecable organización, la estructura de los campamentos y el buen humor permanente de los materos, pueblo amazónico contratado para ayudarnos en el campo, son los ingredientes necesarios para el éxito de trabajos como este. Al final, durante todo este tiempo convivirán cerca de 30 personas, de diversas áreas de la ciencia, en el intento de un detallado mapeado de la biodiversidad de esta área de cerca de 22 millones de hectáreas. Se trata del mayor mosaico de Unidades de Conservación y bosque tropical preservado en el mundo, conocido simplemente como Calla Norte. Un verdadero laboratorio vivo, intocado, y así como diversas otras áreas de la Amazonia separadas por los grandes ríos, desarrolló una fauna y flora únicas, una gran región de endemismo conocida como Guyana.

Sin embargo, la sorpresa sobre esta región no está sólo en lo que se está por descubrir, absolutamente TODO desde el punto de vista científico, sino en lo que tenemos frente a nuestros ojos. En vez de una planicie forestal cortada por extensos y largos ríos, imagen ya consolidada sobre nuestra Amazonia, allí se encuentran escarpadas montañas entrecortadas por pequeños ríos llenos de cachuelas, suelos rocosos con placas lateríticas, árboles tortuosos y vegetación rastrera típica del Cerrado. Este escenario por si solo se convierte en un gran atractivo para los investigadores, ya que posibilita el descubrimiento de especies endémicas y/o nuevas, y comprueba la teoría de refugios forestales, donde las antiguas savanas de períodos remotos de sequías fueron gradualmente dando lugar al bosque. Un inmenso bosque.

En las dos expediciones, mi función es, además de fotografía de fauna y flora local y de los fantásticos escenarios que se abren frente a nosotros, documentar el día a día de los investigadores: cómo trabajan, sus especialidades y cuáles son sus ansias frente a un lugar inexplorado. Y a pesar que cada uno prioriza sus actividades técnicas, entre herpetología, ictiología, ornitología, mastofauna y botánica, todos trabajan de forma conjunta. Así, es común ver el equipo de ictiología, por ejemplo, regresar de los arroyos con la colecta de curiosos anfibios. Esta solidaridad y comunión de intereses vuelven el trabajo más ordenado, aliviando así las dificultades de rutina de un campamento “salvaje”. Sí, ya que a pesar de la impecable estructura del campamento, generador, mallas antimosquitos alrededor del laboratorio y un equipo de campo siempre lista a ayudarnos, el día a día tiene todo lo que un bosque tropical ofrece: insectos intrusos  y nada bienvenidos como esos mosquitos que transmiten la leishmaniasis; víboras ponzoñosas cruzando entre las redes; necesidades fisiológicas en huecos cavados en el suelo; humedad extrema y mucho calor. Pero la gran y excitante posibilidad de ser una región “nunca antes caminada” ameniza cualquier cansancio o angustia por la lejanía y soledad.

Obviamente uno u otro indio nómada tal vez haya pasado por allí, pero considerando que la estimativa de población local no llega a 5 mil en un área equivalente al Estado de Sao Paulo, no es osado suponer que somos los primeros humanos que pisan aquellas tierras. Zonas donde la toma ilegal de tierras y codicia humana aún son incipientes, los monos araña y otros primates aún nos miran curiosos, donde los rastros de felinos son casi diarios entre árboles de copas que se pierden de vista en las alturas. Donde las interminables especies de aves “disputan” un espacio sonoro en cada mañana, y los tímidos rayos del sol traen la confianza de que allí aún existe espacio para que la vida se multiplique y se transforme a cada instante.

Adriano Gambarini es fotógrafo hacen 15 años. Formado en Geología, espeleólogo y buzo, es miembro del Consejo de  Pro-Carnívoros, y fotografía para WWF, TNC, CI y Terra Brasilis. Autor de siete libros fotográficos y dos de poesía; posee 50 mil imágenes de biodiversidad y cultura de Brasil, Antártida y 17 países.

(Traducción Giovanny Vera)
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