Para explicar el valor que estas imágenes tienen en mi vida, voy a volver en el tiempo y mostrar mis orígenes. Soy acreano (del estado brasileño de Acre), hijo de la paulista (nacida en el estado de San Pablo) Marly Gennari e del catarinense (del estado de Santa Catarina) João Tezza que en 1972 migraron a Acre, donde nací en 1974. En esa época Río Grande, la capital, era muy tranquila, no había violencia urbana. Tiempos mágicos de libertad entre amigos y largos paseos por la selva, que se mezclaba con los barrios distantes del centro.


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Había una atmósfera de profundo misterio y aventura en el grupo de chicos que crecía entre los ríos y arroyos de la Amazonia. Era difícil estudiar porque todo conspiraba para que siguiéramos todo el día jugando y conociendo nuevos lugares, a veces distantes. Íbamos en grupos de diez, quince, hasta veinte chicos. Aunque fuera el partido tradicional de fútbol al comienzo de la tarde, el juego siempre terminaba dentro de los ríos. Las actividades más comunes: baño en el río, jugar volantines, andar de bicicleta, baño en el río, recoger frutas maduras de los árboles, más baño en el río – y sentir que eso es un instante mágico y único de integración con la naturaleza, de sintonía con el tiempo (no con el reloj), con la temperatura, el sol y la llegada de la tarde – momento de volver a casa.

Cuando inicié mi carrera de fotógrafo, desde el primer trabajo mi infancia hizo del medio ambiente el foco principal de mis inspiraciones. Pasé a documentar a favor de las personas que viven en la selva más allá de la misma selva. Ya se fueron por ahí dieciséis años y justamente cuando retornaba de una investigación para un documental sobre barcos y navíos de la Amazonia, en una embarcación por el río Negro cerca a Manaos, resolví parar en una playa y refrescarme.


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La playa estaba vacía y la tranquilidad dio lugar a muchos niños ribereños que, así como yo en su edad, fueron al agua. Ver eso me paralizó de tal forma que no había alternativa a no observar. Después de algunos minutos, con el agua en la cintura, pedí para tomar algunas fotos – ellos se subían al árbol medio sumergido debido a la llenura con una facilidad increíble, iban hasta el gajo más alto y saltaban. Sin demostrar el menor cansancio, subían de nuevo en busca de más saltos acrobáticos. Llegué con mi máquina fotográfica, a quince centímetros de cada uno. Fueron clics mágicos que mi Nikon tuvo la honra de hacer. Esas fotos remiten a mis orígenes, mi formación primera y contienen el elemento que definió mi profesión, mi ética y mi lucha.


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Niños del río Negro es ahora motivo de un proyecto artístico donde propongo la iniciación de jóvenes ribereños en el arte de la fotografía. Además, voy ampliar el acervo de los momentos mágicos de libertad y alegría de los niños ribereños – es lindo ver cuán integrados están los pequeños hijos de la selva con el río y cuánto sus ojos brillan a cada salto. “¡No da miedo, no!”, dicen. Sólo alegría. De verdad.


José Tezza es documentalista y fotógrafo.

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