Escrito por Luiz Motta
Lunes 21 de Junio de 2010 17:12
Quien llega al Parque Nacional de la Amazonia, por la entrada principal, se impresiona con el panorama que se abre en el mirador justo al frente: una inmensidad de colinas cubiertas por bosques. Debajo, corre el río Tapajós. En esa época del año, está lleno. Sin embargo, puntas de piedra cortan su lecho, espumeando el azul de ese viejo río que viene del cerrado.
El Parque Nacional de la Amazonia es habitado aproximadamente por 425 especies de pájaros y 103 mamíferos, de acuerdo con los datos más recientes. Su área se extiende por más de un millón de hectáreas entre Pará y Amazonas, en la intersección entre la Transamazónica y la BR-163.
Fui invitado a conocer el parque por Amiparna (Asociación de Amigos del Parque Nacional de la Amazonia), ONG fundada con recursos de Conservación Internacional (CI) y dirigida por habitantes de Itaituba (PA).
Amiparna organizó un paseo con alumnos de secundaria de Itaituba, ciudad a 65 km del parque. La mayoría nunca había estado allí y algunos ni siquiera habían caminado en un sendero por el bosque – a pesar de que viven en el corazón de la Amazonia.
Claudio Rodrigues es alumno del curso técnico de promotor de viajes. Esa es la segunda vez que visita el parque. La primera fue en una clase de campo del mismo curso, hace un año.
Claudio dice que no conoce a nadie en Itaituba que frecuente el bosque por ocio. La cultura local, según él, está más ligada a las playas de río de la región – con cerveza y un buen pescado asado en las brasas.
Bosque distante
Pienso conmigo mismo si hubo alguna vez en que la población urbana de la Amazonia tuvo el hábito de pasear por el bosque. Busco alguna pista en los romances escritos por los autores de la región, como el paraense Benedito Monteiros, por ejemplo. No encontré nada.
En el siglo XIX, el escritor Inglês de Souza hasta que registró una razonable memoria de su infancia en la zona rural de Óbidos (PA). Ya los personajes de Milton Hatoum, en el libro Dos Hermanos, parecen indiferentes al bosque que aísla Manaus. En Mad María, de Marcio Souza, la selva es vista como una enemiga a ser combatida. Una cultura que percibe a la Amazonia como hogar, sólo las indígenas y ribereñas.
La presidente de Amiparna, María Lucia dos Santos, no se conforma con eso. Sabe que el bosque garantiza calidad de vida. “Pero si usted no conoce, no puede preservar”, repite. Profesora de la red de educación municipal, ella usa al bosque como tema transversal en sus clases.
Antes del comienzo de la caminata, los guías de Amiparna sensibilizan a los jóvenes para lo que van a ver en el camino. “No necesitamos encontrarnos con los animales para conocerlos mejor. Observando sus huellas, restos de alimentos y hasta los excrementos, conseguimos información suficiente para introducirlos a los alumnos”, explica Edvilson Conceição, instructor de Amiparna.
Cerca de media hora por un sendero de bosque cerrado, llegamos a un ejemplar centenario de mara o cedro macho, cuyas raíces se esparcen como tentáculos bosque adentro. Se trata de un remanente de bosque primario que ocupaba aquella región antes que las máquinas abrieran la Transamazónica.
Con la construcción de la carretera, en los años 70, el bosque fue bastante degradado. Sin embargo, con la creación del parque, se fue regenerando. Por la altura de la copa cerrada de los árboles y la anchura de sus troncos (todo con cerca de 40 años) se puede percibir la fuerza que el bosque tiene para revitalizarse.
Según los biólogos que estudian la flora de la región, este crecimiento rápido tal vez sea favorecido por el ciclo de las aguas del alto Tapajós. Y también por el hecho de la característica cerrada del bosque ayudar en la formación de nubes y precipitaciones. Trayendo más agua para la región.
De vuelta al campamento, decido pasar la noche en el parque. Armo mi hamaca en el mirador mientras cae la tarde, cambiando el color del lecho del Tapajós. Un viento frío viniendo por el cauce del río comienza a enfriar los huesos. Ni los mosquitos lo soportan.
Los estudiantes se van. Permanecen en el parque solamente los guardias terciarizados, que, en la falta de analistas ambientales, intentan controlar quien entra y sale de la unidad – por lo menos por la puerta del frente.
La jefa de la unidad María Lucia Carvalho, del cuadro de carrera del Instituto Chico Mendes de Conservación de la Biodiversidad (ICMBio), reconoce las malas condiciones de Parna. Su sueño es transformarlo en el motor del turismo de selva en la región.
Pero por ahora, eso es sólo un sueño. Con las condiciones actuales, ella prefiere ni cobrar ingreso a los 400 visitantes que el parque recibe por año, casi todos investigadores.
Abnegada, ella apuesta en los recursos de compensación ambiental para mejorar su gestión. Espera, desde que asumió la dirección, aproximadamente 1,5 millones de reales para inversiones en la infraestructura turística.
El problema es construir esas mejoras y después la hidroeléctrica inundar todo. Eso porque, una de las cinco represas del Complejo de Tapajós, previsto en el PAC, deberá ser construida en aquellos rápidos, inundando parte del Parque Nacional de la Amazonia.
Según María Lucia, que tuvo acceso al proyecto de las hidroeléctricas, además de las áreas naturales, cerca de 120 km de la Transamazónica tendrán que ser inundados. “Por la forma en que el proyecto está, tendrá que rehacerse toda la extensión de la carretera, entre los quilómetros 53 y 165” alerta.
Instante decisivo
Gilberto Nascimento Silva es vigilante del Parque Nacional de la Amazonia. Servidor terciarizado desde 1993, pasa 15 días en casa y 15 días dentro del bosque.
Piauiense (del estado de Piauí), se mudó a Pará, en el comienzo de la década de los 90, siguiendo un tío aventurero, que decía que haría fortuna con la minería. Un día, el tal tío llegó a la casa con una foto de los árboles gigantes del bosque. Aquello le marcó. Gilberto dejó todo y siguió al tío.
Se establecieron en Itaituba, ciudad de alto Tapajós, en el oeste de Pará. Gilberto trabajó con transporte de oro, como garzón, en hoteles de la región. Pero nada lo satisfizo.
Un día se enteró de la vacancia en el parque. Aunque sin intimidad con armas de fuego, decidió aceptar. En la convivencia con el bosque, Gilberto descubrió una pasión: la fotografía.
Un bello día, un fotógrafo inglés preguntó donde encontraría jaguares. Gilberto dijo que acostumbraba avistar uno en la curva de la carretera, al amanecer.
A las cinco de la mañana del día siguiente, allá se fueron los dos. En la hora exacta, como si hubiera acordado, el jaguar cruzó el camino. El fotógrafo, sentado atrás, ni se bajó de la motocicleta. Apoyó el lente sobre los hombros de Gilberto, tomó una sola fotografía y pidió irse. Nunca más dio noticias.
Desde aquel día Gilberto comenzó a fotografiar también. “Así de fácil, supe que también podía hacerlo”, juega. Hoy, tiene una colección de centenares de fotos de animales y plantas del Parque Nacional de la Amazonia.
Técnicas fotográficas, Gilberto domina pocas. Lo que sabe, aprendió con los profesionales que visitan el parque.
Su diferencia es que conoce los hábitos del bosque. Cuando sale a fotografiar, no espera contar con la suerte. Va directo donde sabe que encontrará lo que busca. “Cada bicho tiene sus horarios, lo que le gusta comer, los árboles donde le gusta estar”, enseña.
“La ararajuba o paraba amarilla, por ejemplo, puede ser encontrada al atardecer, en los árboles de muricí”, explica. “Existe también un árbol que nadie sabe el nombre, que tiene un fruto que ellas adoran. Allí, siempre ellas hacen el nido”.
En el Parque Nacional de la Amazonia, las parabas amarillas pueden ser vistas en bandadas de hasta 50 individuos. Cuando la luz de la tarde cae sobre ellas, es como si los árboles se cubrieran de flores amarillas.
Ya el guacamayo rojo se alimenta de la bacaba o milpesos. “Cuando alguien se aproxima, él lanza una alerta. En esa hora, es mejor recular y acercarse de otra forma” asegura.
Gilberto admite que todavía no ha tomado su foto nota 10. Pero el tiempo para eso él tendrá de sobra, una vez que decidió que permanecerá el resto de su vida en el parque. “Convivir con el bosque es una maravilla”.
Para conseguir el clic mágico, él parece estar en el camino correcto. Como los grandes maestros de la fotografía, Gilberto aprendió el secreto: paciencia, paciencia y paciencia.
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Luiz Motta es periodista y educador ambiental. Su trabajo se centra en
Amazonia, sea a escribir para periódicos o haciendo investigaciones para tratar de Greenpeace o simplemente para crear canales de comunicación entre el Ministerio brasileño de Medio Ambiente y las comunidades locales.
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