En su romance “El quince”, la escritora cearense (del estado de Ceará) Raquel de Queiroz narra la gran sequía que  devastó el sertón nordestino en el año 1915, trayendo un escenario de hambre, miseria y aridez a la caatinga. Casi 100 años después, en el año 2005, la Amazonia también vivió su sequía épica. En tiempos de globalización y cambio climático, fotos del río Amazonas seco, con barcos encallados, peces muertos y ribereños desolados, circularon por la prensa mundial, dejando pasmados los ojos del mundo.

El dramatismo de la imagen de sequía en una de las regiones más ricas en agua del planeta terminó ocultando otro fenómeno climático extremo que ocurrió en la Amazonia en el mismo año 2005.

 
Una intensa tempestad tropical con vientos de hasta 145 kilómetros por hora atravesó entre los días 16 y 18 de enero la cuenca amazónica entera, desde el sudoeste al nordeste, dejando víctimas fatales, principalmente en las ciudades de Manaus, Santarém y Manacapurú. Fue un fenómeno natural muy fuera de lo común en la región: una tempestad venida del sur y no del este, como normalmente ocurre, explica el investigador del Instituto Nacional de Investigaciones Amazónicas (INPA), Bruce Walker Nelson.

Ahora, cinco años después, un estudio científico divulgado por la Unión Geofísica Americana (AGU), con el apoyo de la Agencia Espacial Americana (NASA), y la participación de INPA, saca a relucir los impactos de esa enorme tormenta en la selva: “entre 441 y 663 millones de árboles fueron destruidos en toda la cuenca amazónica”. Árboles grandes cayeron y llevaron consigo otros que estaban alrededor, como un efecto dominó, mostrando la vulnerabilidad del bosque a los fenómenos climáticos extremos.

Este estudio responde a una investigación anterior, publicada en la revista Science el año pasado, que atribuía solamente a la sequía el aumento de la mortalidad de árboles en el 2005. Los investigadores observaron, a través de imágenes satelitales e investigación de campo, que aún en las regiones no afectadas por la sequía, como Manaus, hubo una mortalidad significativa, estimada entre 300 y 500 mil árboles, número superior incluso al de otras regiones perjudicadas por la sequía.


Yendo al campo, los científicos identificaron la destrucción causada por ráfagas de viento, los llamados “downburst” por los meteorólogos, que significa “el viento que desciende y explota en la superficie”, como tornados. “Si un árbol muere debido a la sequía, generalmente muere en pie. Son muy diferentes de los árboles que mueren arrancados por una tempestad”, observa uno de los autores del estudio, el ecólogo Jeffrey Chambers, que analiza ciclos de carbono en la Amazonia desde 1993.

El ciclo del carbono

Con semejante pérdida de árboles, la investigación sugiere que las tempestades tropicales extremas pueden desempeñar un papel más importante en la vida del bosque de lo que se imaginaba. El ciclo del carbono, por ejemplo, puede ser bastante afectado en casos más drásticos, aunque aún es prematuro concluir el tamaño del impacto. Haciendo una media de cuánto de CO2 cada árbol absorbe aproximadamente, los investigadores estiman que el bosque ha retenido 23% menos carbono en 2005 de lo que sería capaz en su media anual debido a la tempestad.

Se teme que fenómenos así se pueden tornar más frecuentes en el futuro de la Amazonia debido a los cambios climáticos, matando un mayor número de árboles y liberando aún más carbono en la atmósfera. “La deforestación causada por el hombre, aliado a los fenómenos naturales extremos, pueden acelerar y anticipar cuadros de desequilibrio de la Amazonia, como la savanización de la selva, previstos como consecuencia de la intensificación del calentamiento global”, resalta el climatólogo e investigador de INPE, José Marengo, en entrevista a ((o))eco.

Marengo, que es uno de los mayores especialistas en clima de Brasil, enfatiza la importancia de comprender mejor el impacto de un fenómeno climático extremo en la vegetación y en el ciclo del carbono. Sin embargo, indica que aún existen muchas dudas en aire sobre el tema y que este estudio no es concluyente. La investigación utilizó un modelo para estimar la totalidad de árboles muertos en toda el área afectada por la tempestad (cerca de 9 mil km2 ), tomando como base el análisis hecho en la región de Manaus. De esa forma, es posible tener un margen de error relativamente alta, como también resaltó el investigador de INPA, Bruce Nelson.
De un lado, tempestades y sequías. Del otro, el ser humano, aun el principal causante de la deforestación. Grandes factores de presión para la supervivencia de la Amazonia. Sin embargo, la capacidad de resiliencia de la naturaleza es enorme y el bosque se puede regenerar, desde que el ser humano colabore con su preservación. En el romance de Raquel de Queiroz, la sequía de 1915 provocó la aparición de conflictos morales, haciendo que los personajes, para superar sus problemas, dejaran de engañarse por flaquezas e ilusiones. ¿Será que la vida imitará el arte a tiempo de que evitemos lo peor?


Juliana Radler es periodista con especialización en medio ambiente por el International Institute of Journalism (IIJ), en Berlín. Es colaboradora de la revista alemana Development and Cooperation (D+C) en Brasil, del Portal ((o))eco y directora y editora de la productora de video Sumaúma, en Río de Janeiro.
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