Escrito por Pablo Correa
Viernes 30 de Abril de 2010 16:40
Un par de años antes de morir, mi tio Francisco Correa, que había sido el primer gerente que tuvo la que entonces se llamó Corporación Araracuara y hoy se ha transformado en el Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas (Sinchi), me dio a guardar todo su archivo personal. La vida al final lo trataba duro y temía que se perdiera el trabajo de muchos años.
Eran diez cajas que tuve que arrumar en un rincón del apartamento donde vivo en Bogotá. Sólo hasta que falleció, me sentí capaz de husmear entre esos papeles. Podría reconstruir la biografía del viejo sociólogo a partir de sus escritos pero sin duda lo que más llamó mi atencion fue el archivo de documentos sobre los más de 20 años que dedicó a la gestión y la investigación en la Amazonía colombiana en los años setenta y ochenta.
He vuelto sobre ellos ahora que escribo este artículo. Entre recortes de periódicos amarillentos en los que describe el hallazgo arqueológico de pinturas rupestres cerca al municipio de San José del Guaviare y ponencias como la que presentó en un simposio de bosques tropicales celebrado en Paris en 1990, me dedico a una carpeta marrón que tiene por título “Expedición Amazónica”.
Se trata del relato de viaje a bordo de un barquito de 25 toneladas, bautizado Santa Catarina, que un grupo de 25 investigadores miembros del Pacto Amazónico emprendieron el 22 de mayo de 1984. Durante los 20 días que duró la travesía los científicos viajaron por los ríos afluentes del Caquetá, que bañan el sur del país, como el Yarí, el Apaporis, Mirití, Cahuinarí, y el inexplorado San Bernardo.
La Amazonía que describe mi tio en 1984, hace un cuarto de siglo, no es muy distinta a la de hoy. El territorio que abarca más de 47 millones de hectáreas, equivale a un 41,8% del territorio continental del país. Como en aquella época, se dice que el grado de conservación de la cobertura natural es bastante alto, un 95% según algunos investigadores. La región contiene 59 ecosistemas y registra 674 especies de aves, 212 de mamíferos, 573 de peces, 195 de reptiles y 158 de anfibios, de los cuales el 75% corresponden a especies endémicas (Sinchi, 2007). En cuanto a flora, y para señalar solamente el caso de las plantas vasculares, se han identificado 6249 especies, las cuales están representadas por 219 familias (Cárdenas, et al. 2006).
Leyendo los documentos de mi tio tengo la impresión de que el tiempo de muchas maneras se ha estancado en el Amazonas. Bastaría cambiar las fechas de algunos de sus escritos para pasarlos por actuales. Los problemas y expectativas de entonces parecen los mismos de hoy: “estamos de acuerdo con una consevación de la Amazonía, con que no siga la deforestación, pero qué hacemos con los colonos ya instalados”; o “los países desarrollados acabaron sus bosques y ahora pretenden que no usemos los nuestros”. Una más: “la colonización, ocupación y administración de nuestros territorios amazónicos se hace según modelos tomados del interior del país. Se pretende adaptar la amazonía a tecnologías, leyes y prácticas desarrolladas para otra realidad y contexto, en lugar de hacer lo contrario”.
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No es nada distinto a lo que plantea el investigador Ernesto Guhl Nannetti, en un reciente artículo publicado en la Revista Colombia Amazónica: “la Colombia Andina ha mirado a la Región Amazónica como un territorio lejano, exótico y peligroso, hasta el punto de delegar por muchos años la administración de ciertos servicios básicos que debe prestar el Estado, como la educación y la salud, a manos de la Iglesia Católica”. El 70% de la población colombiana está asentada sobre las tres grandes cordilleras, lejos de la amazonía, donde habitan tan sólo por 960.239 personas (2.3% de la población del país), la mayoría de ellas agrupadas en 62 pueblos indígenas.
Ese desprecio centralista no ha evitado el avance de los problemas. Luz Marina Mantilla, actual directora del Instituto Sinchi los sabe de memoria: colonización no planificada, construcción de corredores viales, ampliación de la frontera agropecuaria, cultivos de uso ilícito, y extracción intensiva de recursos naturales. Mantilla señala que el 19,88% de la amazonía colombiana está afectada por diferentes procesos de intervención antrópica.
“Hoy la Amazonía es uno de los lugares más estigmatizados del país”, apunta la funcionaria refiriéndose no sólo a que la selva se convirtió en uno de los escondites favoritos de los grupos armados sino al avance de los cultivos ilícitos. En 2006, estos cultivos ocupaban una superficie de 78.000 hectáreas. Un año más tarde habían ascendido a 99.000.
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Aún así, el problema de la deforestación en la Amazonía colombiana no es tan agudo como en otros países. Mientras que la tasa promedio de deforestación de los primeros veinte países en el mundo por área cubierta en bosque –grupo al cual pertenece Colombia– es del 0,48 por ciento, la de Colombia es apenas del 0,1 por ciento, en contraste con los demás países amazónicos miembros del grupo como Venezuela (0,6%), Brasil (0,55%), Bolivia (0,45%) y Perú (0,1%) (Strassburg, et al 2007). Por esta razón, durante la pasada COP 15 en Copenhague, Colombia apostó por que REDD funcionara a nivel subnacional y no nacional como lo reclaman la mayoría de países.
Carlos Rodríguez, director de la Organización Tropenbos-Colombia, y una de las personas que mejor conoce la amazonía colombiana, añade una amenaza nueva: la minería. Hidrocarburos, oro y materiales como el coltán han atraído la codicia de los mineros. “Existen más de 2.000 solicitudes para exploración minera”, comenta Rodríguez y explica que fue justamente esa amenaza minera la que llevó al gobierno, por petición de de las propias autoridades tradicionales indígenas agrupadas en la Asociación de Capitanes Indígenas Yaigojé Apaporis, a declarar un resguardo indígena como Parque Nacional Natural Yaigojé Apaporis. Declarar Parque un resguardo es la manera de mantener a salvo el subsuelo. El nuevo parque está ubicado en la cuenca baja del río Apaporis, y allí habitan los pueblos indígenas Macuna, Tanimuca, Letuama, Cabiyari, Barazano, Yujup Macu y Yauna.
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Es una carrera contra el tiempo mantener conservados los territorios amazónicos. “Colombia tiene mucho que ofrecer cuando hablamos del Amazonas”, dice Martín von Hildebrand, director de la Fundación Gaia quien en 1999 recibió el Premio Nobel Alternativo por sus esfuerzos en la creación de gobiernos locales en el Amazonas, “el 50% de la amazonia colombiana corresponde a resguardos indígenas, eso es un área más grande que la gran Bretaña, y otro 10% son Parques Nacionales. Es decir, que casi un 60% de la Amazonía está bajo un manejo especial”.
Para Martin, esto se podrá traducir en una fuente de ingresos por pago de servicios ambientales tarde o temprano:“Si hablamos de pago por servicios ambientales, digamos cinco dólares por hectárea, y tenemos aquí 30 millones de hectáreas, entre parques y territorios indígenas, estamos hablando de 150 millones de dólares al año”.
Su fundación en compañía de otras como el Fondo de Patrimonio Natural, las embajadas de Holanda, Estados Unidos y la Delegación Europea, trabajan en un gigantesco proyecto con el que pretenden que el gobierno colombiano ponga a salvo estos territorios. La propuesta plantea ampliar el Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete de 1.280.000 hectáreas hasta llegar a cuatro millones de hectáreas. Sería una solución para frenar el avance de uno de los frentes de colonización del Amazonas. También legalizar predios para detener a los colonos asentados en el Caquetá y el Guaviare. El objetivo final es preparse para captar recursos internacionales y mantener en pie los bosques tropicales.
Hace unos pocos meses se dió a conocer el “Plan de acción regional en Biodiversidad del Sur de la Amazonía Colombiana 2007-2027”. Luego de echarle una ojeada vuelvo a pensar en uno de los escritos de mi tio “¿Cuándo tomaremos en serio la Amazonía? y que comenzaba con una cita de Jean Hebette, del Núcleo de Altos Estudios Amazónicos: “Cuando la Política se dirige hacia objetivos ilusorios de grandeza por sus realizaciones, ya se ha convenido en llamarlas faraónicas”. Ojalá que no pasen otros 25 años y las amenazas del Amazonas sigan invencibles.
Links:
Instituto de Investigaciones Amazónicas (Sinchi)
Tropenbos – Colombia
Corporación para el desarrollo sostenible del sur de la Amazonía
Plan de Acción Regional en Biodiveridad del Sur de la Amazonía Colombiana
Revista Colombia-Amazónica
Fundación Gaia-Amazonas
Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humbolt
Unidad de Parques Nacionales Naturales
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Pablo Correa estudió periodismo y la literatura española en Bogotá, Colombia. Él ha estado trabajando durante los últimos cinco años en el diario El Espectador. |