Escrito por Ricardo Tello
Martes 08 de Febrero de 2011 11:58
Las enormes manos de Natale Chuin toman con firmeza el timón de la pequeña avioneta Cesna 172 mientras carretea a la cabecera de la pista de Sucúa, uno de los cantones de la provincia amazónica de Morona Santiago.
Antes de darle toda la potencia a su monomotor, este indígena de la nacionalidad Shuar enruta la aeronave con su Global Positioning System (sistema de posicionamiento global). Son las 16:00 y nos espera un vuelo de 50 minutos sobre la masa montañosa del Cutucú, última barrera entre los pueblos de las estribaciones de la cordillera Oriental de los Andes, y el enorme manto verde de la selva amazónica ecuatoriana.
El desdén de Natale con uno de sus pasajeros es evidente. Guillermo Tukup, de 28 años, es de la nacionalidad Achuar, y aunque solo los diferencian algunas costumbres gastronómicas y de vestimenta, las posiciones entre estas dos nacionalidades son casi irreconciliables.
Guillermo, a quien conocí en el aeropuerto de Sucúa mientras esperaba el vuelo que me introduciría a Taisha, se ofreció generosamente llevarme a su comunidad, a seis horas de camino hacia el Este de Taisha, en el límite fronterizo con el Perú.
Video de la expedición al comunidad Shuar
Ya en tierra, la actitud de los colonos, población mayoritaria de Taisha, hacia los aborígenes se muestra hostil. Por eso perdimos una hora en este centro poblado cuyo alcalde, Celestino Wisum, tiene un concepto de desarrollo basado en la apertura de carreteras y la introducción de vehículos motorizados por gabarras que navegan por el río Morona y luego por el Yaupi.
Guillermo buscó inútilmente una carga que envió en un vuelo de la mañana. “Mira hijo, hace mucho tiempo que dejé el papel de desocupado, así que busca nomás por allí”, le responde con un aire de ironía un colono propietario de una tienda de venta de licor, junto a la pista de aterrizaje de Taisha.
Preocupados por la inminente caída de la noche, Guillermo decide olvidar la carga e inmediatamente conseguimos que una camioneta nos traslade hasta Macuma, último punto poblado por colonos, antes de internarnos a territorio Shuar.
19:00. Hago un nuevo registro en mi libreta de campo el momento mismo de iniciar la caminata por un puente inconcluso sobre el río Macuma. Nos internamos por un sendero lleno de piedras de canto rodado y luego pisamos la enorme alfombra de hojarasca, acumulada en cientos, tal vez miles de años de inviernos y veranos, las dos únicas estaciones en este lado del mundo.
Estamos allí para contar cómo conviven selva y hombre. Y al parecer, la idea de conviviencia corre el riesgo no solo por los carreteros del alcalde Wisum, sino por la inminencia de un mal entendido desarrollo.
El concierto verde
El reloj luminoso marca las 20:15 cuando hacemos nuestra primera parada. Minutos antes, el enorme follaje que oscurecía el cielo termina y repentinamente salimos a un descampado que deja ver, en todo su esplendor, la Vía Láctea. Es un cielo como esponjoso, con millones de luciérnagas perforando la oscuridad y dejando ver el perfil de las copas de altísimos árboles.
No recuerdo haber tenido una noche tan naturalmente iluminada. Aunque no soy nativo digital, pertenezco a la generación de la televisión; así que mi iluminación nocturna en los últimos 40 años ha sido artificial.
Guillermo, de quien recién me percato que es un perfecto desconocido con quien comparto la selva, dice que atravesamos un descampado habilitado como pista de aterrizaje para casos de emergencia de los Shuar, y que al internarnos nuevamente en la selva, al final del campo de aterrizaje, estaremos en territorio Achuar. Es decir, no hay retorno posible.
Cubiertos por la vegetación, el concierto verde retorna. Cientos de cantos de aves, convocatorias de animales en celo, diminutos acordes de insectos, aullidos de mamíferos en fuga, miles y miles de voces que invaden los sentidos del oído, en la noche amazónica.
Es el mismo revuelo musical que nos acompaña desde que aterrizamos en Taisha, en una serenata que no pierde el desenfreno ni siquiera por la ausencia de la Luna, o el paso de los desconocidos.
Segunda parada obligada: frente a mí, a pocos metros, el enorme árbol derribado sobre el río Wichimi desaparece en la profunda oscuridad. Presintiendo el peligro, entrego a Guillermo todo mi equipo con componentes electrónicos y empiezo a caminar, con pasitos cortos, sobre el afluente.
Lo último que recuerdo de mi paso por el árbol-puente es la luz de la linterna de Guillermo desplazándose hacia la orilla opuesta. Inmediatamente las oscuras aguas del Wichimi me cubren mientras con los pies toco el fondo arenoso.
De regreso a la superficie Guillermo grita: ¡¡nada hacia acá, hermano!! Y lo hago con todas mis fuerzas. Ya fuera del agua, sólo el concierto verde me devuelve la tranquilidad mientras apunto en mi bitácora: 21:30.
Es la húmeda bienvenida a la selva ecuatorial.
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“Wetai ikiam”
Es el ampakai (como le llaman al día martes, en Achuar), del mes yankuam (diciembre). No marcamos aún las 07:00 y la elevada humedad del ambiente empapa la vestimenta.
Pedro Chinkim, jefe de la comunidad Chikian entza, escucha atentamente la traducción de Guillermo sobre el motivo de la visita del mestizo que ha bajado de los Andes sin anuncio ni autorización previos. Y lanza una palabra que tranquiliza a todos: penker taume (bienvenido).
Rodeado por sus hijas y esposa, Pedro inicia un largo monólogo sobre los motivos por los cuales temen el ingreso de ciertas empresas a las que se consideraban como “vehículos para el desarrollo”.
Se refiere con especial énfasis a las petroleras. Pese al estado de aislamiento, en Chinkian entza, donde viven unas 250 personas dispersas en el territorio Achuar, las noticias sobre el proyecto de proteger el Yasuní de la explotación petrolera, han llegado oportunamente. Y como Federación Nai guardan vínculos cercanos con la nacionalidad Cofán del Ecuador, , un movimiento de los indígenas del Oriente que ha logrado declarar unas 400 mil hectáreas de bosque nublado, montano y húmedo tropical, como zona protegida.
Pedro Chinkim invita: “watai ikiam” (vamos al bosque). Y en el segundo día de visita, caminamos varias horas por un sendero que nos dirige más hacia el Este, próximos a la frontera con Perú. En el trayecto los olores del árbol de canela seducen los sentidos.
En un arbusto de esta misma especie dos polluelos recién salidos del cascarón esperan a sus padres. A nuestros pies, una nutria gigante de río flota de espaldas aguas abajo mientras devora un pez. Para el almuerzo se toman de la selva caimitos, guabas, fruta de chonta, chirimoyas, papayas, moretes, cenguragua...
El entorno está sano. Tal como cuando sus abuelos nómadas, los que vinieron del lado peruano, instalaron el pueblo hace tres generaciones, desbrozando la plaza con hachas de piedra. Es una historia que la repiten frecuentemente: vinieron del lado peruano; mataron a sus rivales; fueron evangelizados y hoy buscan desarrollarse.
La tercera noche está acompañada por un cerrado diluvio. Las gotas en caída forman una inmensa malla casi impenetrable a la vista. Las gotas golpeando el follaje verde provocan un eco que no tiene origen ni final. Linterna en mano contabilizo 207 picaduras de insectos solo en el antebrazo derecho. Y así están las piernas y el tronco.
Tan descomunal lluvia es parte de un ecosistema que semeja a la megafauna. Las raíces de algunas especies de árboles, como el del tseika, forman gigantescas aletas en torno al tronco. Los indígenas han desarrollado un repelente natural y están a salvo de los insectos.
Mientras estas zonas estén alejadas del desarrollismo, seguirán así: sanas.
Toda esta superficie fue compuesta por depósitos aluviales llenados durante el proceso de formación de la cordillera de los Andes, hace millones de años. Tierras pobladas por indígenas que hace más de 500 años huían de una terrible colonización que empujó la migración amazónica.
Hoy la evangelización hace su papel y deja huellas.
Aunque están alejados de la zona de proyección del Yasuní ITT, lo defienden. “Ikia nakitiaji nunca machari juka”, dice el jefe de la comunidad y Guillermo traduce: “no queremos a las petroleras”.
En el territorio Achuar no se han reportado reservas petroleras, ni tampoco están en una zona de reserva. Pero su posición es firme con respecto a la explotación del crudo. “Nuestros alimentos se afectarán”, dice Guillermo luego de una explicación de cómo obtienen el sustento del bosque, sin afectarlo. Las utilidades que le dan a las aguas del río Yankuntz. La protección que ofrece el aislamiento de las intenciones desarrollistas del alcalde Wisum.
Lo que ocurra con Yasuní será premonitorio para pueblos como Chinkian entza.
Mientras vuelo a la “civilización”, los Shuar, los Achuar esperan que ésta nunca llegue a perforar el suelo. A extraer el oro negro. A dejarlos sin esperanza.
Ricardo Tello es periodista free lance. Ha sido editor en los diarios El Universo de Guayaquil y El Tiempo de Cuenca. Ha ganado varios premios, como el Jorge Mantilla Ortega, en Ecuador, y en la primera convocatoria de Becas de Investigación Periodística de Fundación Avina. Actualmente comparte su trabajo con la docencia universitaria.
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